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Caso cerrado: el Thyssen gana el pleito para quedarse el ‘pissarro’ expoliado por los nazis

Una de los tres jueces del Tribunal de Apelaciones de California dice que España tiene derecho a retener el cuadro, pero que moralmente debería devolverlo

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Visitantes ante el cuadro ‘Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia’, de 1897, en el Museo Thyssen-Bornemisza en Madrid. LUIS SEVILLANO
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Lilly Cassirer Neubauer, judía, se vio forzada en 1939 a malvender un cuadro para obtener un visado y abandonar la Alemania nazi al comienzo de la II Guerra Mundial, huyendo de un destino que pudo haber acabado en un campo de concentración. Se trataba de la pintura impresionista Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia, de 1897, de Camille Pissarro (1830-1903). Tras una serie de transacciones, el cuadro acabó en manos del Museo Thyssen-Bornemisza, que lo viene exponiendo en público desde 1993. Cuando Claude Cassirer, residente en California, nieto y único heredero de Lilly, se enteró en 2000 de que el Thyssen tenía el cuadro, reclamó su devolución, pero su petición fue denegada.

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Abrió entonces una guerra legal en 2005 que continuaron sus hijos y que se ha saldado con su derrota, en la práctica ya definitiva. Una sentencia publicada por el Tribunal de Apelaciones del Distrito Central de California este martes concluye que el Thyssen es el legítimo propietario del cuadro.

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“La afirmación unánime (…) que confirma la propiedad de la Fundación sobre el cuadro de Pissarro que adquirió legalmente para exponerlo al público en Madrid en 1993, es una conclusión satisfactoria de este caso”, señaló a EL PAÍS la Fundación Colección Thyssen-Bornemisza.

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Un pleito millonario de casi dos décadas había quedado reducido a una pregunta aparentemente simple para resolverlo: ¿se debe aplicar la ley española o la californiana? Si los jueces optaban por la de California, el cuadro pertenecía a Cassirer.

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En cambio, si creían que había que aplicar la española, pertenecía al Thyssen, que se habría convertido en propietario, a través de la prescripción adquisitiva o usucapión, por el hecho de haber ejercido su posesión pacífica y pública. Esa última era la posición que habían mantenido los jueces hasta ahora y que han vuelto a ratificar.

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La cosa se complicaba porque había dos normas de conflicto para elegir la ley: la federal y la californiana. Los jueces aplicaron inicialmente la norma dirimente federal, pero el Supremo les dijo que había que regirse por la californiana. Aunque esa cuestión procesal hizo que el pleito llegase hasta el Tribunal Supremo de Estados Unidos, donde Cassirer se apuntó una victoria parcial, en la práctica ha dado lo mismo. Con cualquiera de las normas procesales de conflicto, los jueces californianos consideran que lo que toca aplicar es la ley española y que, por tanto, el pisarro, valorado en unos 28 millones de euros, es del Thyssen.

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El tribunal ha concluido que, según los hechos de este caso, “la aplicación de la ley californiana a este litigio perjudicaría considerablemente los intereses de España, mientras que la aplicación de la ley española perjudicaría relativamente poco los intereses de California”. Por lo tanto, debe aplicarse la ley española, dice la sentencia, a la que ha tenido acceso EL PAÍS.

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“Aplicando la ley española, el tribunal sostuvo que la Colección Thyssen-Bornemisza había adquirido el título prescriptivo del cuadro de conformidad con el artículo 1955 del Código Civil español. Por lo tanto, el panel confirmó la decisión del tribunal de distrito concediendo la sentencia a favor de la Colección Thyssen-Bornemisza”, explica el texto.

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En un voto concurrente, la jueza Consuelo Callahan escribió que estaba de acuerdo con el fallo, pero que le incomodaba. “España, tras reafirmar su compromiso con los Principios de Washington sobre el arte confiscado por los nazis al firmar la Declaración de Terezin sobre los Bienes de la Época del Holocausto y Cuestiones Afines, debería haber renunciado voluntariamente al cuadro”, dice en su voto particular. “Nuestra sentencia se ve compelida por las conclusiones de hecho del tribunal de distrito y la legislación aplicable, pero desearía que fuera de otro modo”, añade.

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A los demandantes les queda una posibilidad un poco a la desesperada de volver a recurrir ante el Tribunal Supremo de Estados Unidos, pero las posibilidades de que ese órgano admita por segunda vez a trámite el caso, cuando ya en la primera dejó claro su criterio, son remotas.

Un largo recorrido

Lilly Cassirer Neubauer vendió el cuadro de forma forzada por debajo de su valor de mercado a Jakob Scheidwimmer, marchante y miembro del partido nazi.

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La pintura fue adquirida luego por D. Julius Sulzbacher, a quien le fue confiscada después por la Gestapo. En 1958, Lilly Cassirer Neubauer alcanzó un acuerdo con el Gobierno alemán, el marchante Jakob Scheidwimmer y D. Julius Sulzbacher, por el que aceptó una compensación de 120.000 marcos alemanes del Gobierno federal alemán para poner fin a las reclamaciones entre las partes.

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Tras varias transacciones más, el barón Thyssen-Bornemisza adquirió la pintura de Pisarro por 360.000 dólares en la galería Stephen Hahn Gallery de Nueva York en 1976. En 1993, el Estado español compró la Colección Thyssen-Bornemisza, con el cuadro incluido. El museo expuso el pissarro en varias ocasiones, en distintos países y durante casi ocho años, antes de que Cassirer lo reclamara, en 2002, e interpusiera una demanda desde California, en 2005. Falleció cinco años después, a los 89 años, y desde entonces el litigio fue continuado por sus hijos David y Ana.

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El demandante siempre ha creído que el Estado español fue consciente de que la pintura, una vista de la ciudad de París creada en 1897 por Pissarro que acabó en la galería de otros antepasados suyos en Berlín en 1900, era “fruto del expolio nazi”, según explicaba a EL PAÍS David Cassirer. “Al negarse a devolverla, España básicamente está negando el Holocausto”, añadía.

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La cuestión de si estaba al tanto de que era fruto del expolio nazi es relevante porque el periodo para adquirir la propiedad en caso de ser un “encubridor” del robo habría sido más largo. Los jueces, sin embargo, consideran que el Thyssen era poseedor de buena fe.

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La guerra por el ‘pissarro’ del Thyssen expoliado por los nazis se enquista en los tribunales

Un tribunal federal de apelaciones revisa el caso después de la orden unánime del Supremo. “Al insistir en no devolvernos el cuadro, España perpetúa el Holocausto”, dice el heredero de la mujer a la que se lo arrebataron los nazis

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Visitantes al Thyssen, ante el ‘pissarro’ el pasado mes de abril. SUSANA VERA (REUTERS)
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Washington – 
 
 
 

Un nuevo capítulo (que no el último) de la historia del pissarro expoliado por los nazis que cuelga desde 1993 en el Museo Thyssen-Bornemisza de Madrid, se ha escrito este lunes en un juzgado de Pasadena (California). Las partes se han visto otra vez ante el Tribunal de Apelaciones del Noveno Circuito, con jurisdicción sobre la costa Oeste de Estados Unidos, en el litigio que enfrenta desde hace 17 años a la fundación española y a los herederos de Lilly Cassirer, a quien le fue arrebatada en Berlín en 1939 la obra maestra impresionista Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia como impuesto revolucionario para escapar a su suerte como judía durante el Holocausto.

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La vista era la consecuencia procesal del fallo unánime del Supremo de Washington, que en enero decidió devolver la causa a Pasadena, al considerar que el juez se equivocó al aplicar la norma de conflicto, federal o estatal, que es la que decide qué ordenamiento impera, si el español o el californiano, en una disputa como esta en la que hay dos en liza, dado que el demandante es estadounidense y el demandado, un Estado extranjero.

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En las dos sentencias dictadas hasta ahora en el caso (por el juez John Walter, de Los Ángeles, en 2018, y por los tres magistrados a los que este lunes les ha vuelto como un bumerán) mandó la federal, y por eso se aplicó la ley española, que da la razón al Thyssen. Ahora que el árbitro es la norma de conflicto estatal, el tribunal de apelación puede seguir aplicando la ley sustantiva española o cambiar el paso y optar por la californiana. Según esta, una persona que reciba un bien mueble robado, como es el caso, no puede consolidar su título de propiedad por mucho tiempo que pase. En el ordenamiento español bastan seis años para eso, siempre que haya prescrito el delito (tres si lo ha adquirido de buena fe).

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Ante la terna de jueces han comparecido por espacio de una media hora los dos abogados principales de uno de los casos de restitución de arte más sonados de la historia. En favor del demandante, David Cassirer, bisnieto de Lilly, ha hablado uno de los letrados más famosos de Estados Unidos: David Boies. En su exposición, lo ha planteado como un enfrentamiento “entre lo viejo”, el Código civil español, de 1889, y “lo nuevo”, la ley californiana, “más acorde con las normas modernas”. También ha insistido en la necesidad de que el caso se envíe al Tribunal Supremo californiano en lugar de que la revisión se haga en el de apelaciones, por el que ya pasó en su día. Boies confía en que una revisión integral del asunto les acabe dando la razón.

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El abogado Taddheus J. Stauber, del despacho Nixon Peabody, ha hablado en favor del museo madrileño, y ha vuelto sobre el argumento de que cuando el Estado español adquirió el cuadro, lo hizo ignorante de su procedencia. Fue como parte del lote de la colección del barón Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza, por el que se pagó en 1993 un precio de 350 millones de dólares. Stauber también ha defendido que España no regrese la pintura a sus primeros dueños pese a haber firmado los compromisos internacionales en materia de devolución de arte expoliado por los nazis: los Principios de Washington y a la Declaración de Terezin. “Ninguno de los dos son tratados, no son leyes, son más bien orientaciones”, ha dicho. “Y sus textos también dicen que hay que respetar las leyes de otros países, el hecho de que existen diferentes sistemas legales, que cada país trae su propio trasfondo histórico”.

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Ambos abogados han soportado el interrogatorio impaciente de los magistrados, pues todo, inevitablemente, tenía un cierto aire de déjà vu. Su presidenta, Consuelo Callahan, ha repetido en varias ocasiones que lamenta la reprimenda recibida del alto tribunal de Washington y ha dicho: “Incluso por mucho que nos arrepintamos, no podemos cambiar de opinión”. Y eso es precisamente lo que desean los abogados del Thyssen, que los mismos jueces que les dieron la razón se la den de nuevo. También confían en que eso significará que el cuadro se quede en Madrid.

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La sentencia podría llegar tan pronto como en enero o retrasarse más allá de la primavera si el proceso acaba en el Supremo de California, como quiere el demandante. A este, siempre le quedaría la opción de elevar su queja de nuevo al Supremo de Washington, que podría aceptar revisar de nuevo el tema o dejarlo estar. A David Cassirer no le preocupa que todo ello dilate el proceso.

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“Llevamos 23 años con esto; esperar un poco más no será tan grave”, explicó el viernes pasado en una conversación telefónica con este diario. Cassirer fijó como inicio el momento en el que su padre, Claude, fallecido en 2010, que fue quien comenzó con la cruzada, supo que el cuadro de su antepasada, que recibió en los cincuenta una compensación del Estado alemán, estaba en Madrid.

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“Creo que a mi padre, quien, como mi bisabuela, fue un superviviente del Holocausto que casi muere en un campo de concentración de Marruecos, le habría hecho sentir orgulloso la publicidad que está teniendo el caso”, opinó Cassirer. “Le preocupaba mucho que los jóvenes se olvidaran de lo que pasó. Y eso, ahora que ya van muriendo los últimos testigos directos es una amenaza real. Más feliz le habría hecho que España hubiera actuado correctamente, pero al menos nos queda la enorme publicidad”.

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Cassirer considera que el Thyssen debería dejarse “de subterfugios legales” y “enfrentarse a la obligación moral que tiene ante sí”.

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El demandante siempre ha creído que el Estado español fue consciente de que la pintura, una vista de la ciudad de París creada en 1897 por Pissarro que acabó en la galería de otros antepasados suyos en Berlín en 1900, era “fruto del expolio nazi”. “Al negarse a devolverla, España básicamente está negando el Holocausto. Y eso es muy peligroso en estos momentos en Estados Unidos, con [Donald] Trump cenando con antisemitas”. 

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El demandante se refiere al reciente escándalo de la reunión mantenida por el expresidente con Ye, el rapero antes conocido como Kanye West, y Nick Fuentes, dos notorios altavoces del creciente odio contra los judíos.

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¿De quién es ese cuadro expoliado por los nazis?

El caso del ‘pisarro’ que cuelga en el Thyssen y el de un cuadro de Mondrian expuesto en Filadelfia reviven en los tribunales para tratar de dirimir la propiedad del arte que se expolió desde principios de los años treinta

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Dos visitantes observan el cuadro ‘Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia’, de Pisarro, en el Museo Thyssen de Madrid. LUIS SEVILLANO
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Madrid – 
 
 
 

La trama suele repetirse: una familia judía se ve obligada a vender su patrimonio para huir de los nazis. En ese patrimonio hay piezas de arte que el tiempo se encarga de revalorizar. Las obras acaban en manos de marchantes y galerías de distintas partes del mundo después de largos periplos de los que no se conocen todas sus paradas.

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Es decir, en los que se pierden papeles o se realizan transacciones que siempre perjudican a los mismos, a los primeros dueños. Estos viajes suelen terminar cuando acaudalados coleccionistas compran estas joyas (a inmejorables precios) y las depositan en grandes museos. No las ocultan, al contrario, cuelgan de las paredes de sus pinacotecas hasta que un día un amigo, un familiar o alguien que conoce a los herederos de los propietarios ve las piezas en un paseo por una exposición, los avisa y la historia del cuadro revive con una denuncia judicial.

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Esto es lo que ha sucedido en las últimas semanas con un cuadro de Pisarro y otro de Mondrian, ambos expoliados por los nazis y exhibidos desde hace décadas en importantes instituciones culturales.

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La primera batalla judicial en resurgir será el 18 de enero entre la Fundación Colección Thyssen-Bornemisza y el Tribunal Supremo de Estados Unidos por los derechos del cuadro Rue Saint-Honoré por la tarde. Efecto de lluvia, pintado en 1897 por el impresionista francés Camille Pissarro.

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La corte estadounidense ha aceptado revisar un caso que el museo español dio por cerrado en agosto de 2020. Entonces, un tribunal de San Francisco determinó que la fundación es la legítima propietaria del óleo y no la familia Cassirer-Neubauer, herederos de Lilly, una acaudalada mujer judía que tuvo que desprenderse de él en 1939 por 360 dólares para poder salir de Alemania y evitar ser trasladada a un campo de concentración.

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Han pasado casi dos décadas de litigios y dos sentencias judiciales (la primera fue en 2018 en un tribunal de Los Ángeles) a favor de la legalidad de la compra que el barón Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza hizo en 1976 en una galería de Nueva York por 300.000 dólares (unos 251.000 euros al cambio actual).

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La obra pasó a manos del Estado español en 1993 dentro de la colección Thyssen y desde entonces se expone en el museo que alberga su colección en Madrid. Antes de acabar en estas paredes, la tela fue primero confiscada por la Gestapo. Posteriormente, se perdió su rastro y en 1958, aunque se desconocía su ubicación, el Estado alemán indemnizó a los Cassirer-Neubauer por la pérdida de la obra con una suma equivalente a su valor en el mercado en aquel momento.

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En 2001 un amigo de los herederos estadounidenses de los Cassirer que visitaba el museo en Madrid vio el óleo y se lo comunicó a la familia, que decidió presentar una demanda alegando que la fundación y sus anteriores propietarios conocían los antecedentes y la peripecia de la obra. Fue entonces cuando comenzó la pelea judicial que revivirá en enero.

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Lo que dirimirá el Supremo de Estados Unidos es si la ley española que se había aplicado hasta ahora para determinar la propiedad de la pieza es la adecuada o no. “El recurso se basa en una diferencia de criterio entre los tribunales de los distintos circuitos federales en cuanto a la regla de determinación del derecho aplicable en los casos que implican a organismos o agencias de un soberano extranjero, en este caso, el Reino de España, de acuerdo con la Ley de Inmunidad de Soberanía Extranjera”, explican los abogados de la Fundación Thyssen. “Estamos convencidos de que se confirmará su legítima propiedad del cuadro”, adelantan sobre un posible veredicto.

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El caso Mondrian

'Composition con azul', de Piet Mondrian.
‘Composition con azul’, de Piet Mondrian.PHILADELPHIA MUSEUM OF ART
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En 1927 el artista vanguardista Piet Mondrian entregó a la coleccionista de arte Sophie Küppers Composición con azul, un cuadro en forma de diamante que había realizado un año antes. La marchante lo depositó en un museo en Hannover que en 1937 fue allanado por los nazis. Poco tiempo después, el artista huyó a Londres sin saber qué había sucedido con su creación. La pieza fue adquirida dos años después por A. E. Gallatin, un coleccionista estadounidense que fue cliente de la galería Buchholz en Nueva York, un lugar que en el mundo del arte era conocido por ser el depósito de las obras con las que había traficado el nazismo.

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En 1952, Gallatin legó toda su colección, incluida esta obra, al Museo de Arte de Filadelfia, donde lleva expuesta 70 años. Antes estuvo colgada en la Universidad de Nueva York. Hace unas semanas, el Elizabeth McManus Holtzman Irrevocable Trust, la organización que gestiona la herencia de esta mujer y su marido, el pintor Harry Holtzman, quienes ayudaron a Mondrian a escapar de los nazis hasta llegar a Estados Unidos y se convirtieron en 1944 en sus legítimos herederos, presentó una reclamación. Los herederos alegan que el artista murió sin conocer “las vías para recuperar su preciado cuadro”, según una declaración que recoge el medio especializado Art News, en la que la familia también asegura que Holtzman falleció “sin saber que la obra era de su propiedad”. El museo se defiende y, una vez más, como en el caso pisarro, niega que la obra fuera adquirida de manera ilegal o ilegítima y recuerdan que Holtzman nunca reclamó Composición con azul antes de morir en 1987.

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El antecedente Gurlitt

Para tratar de evitar que estos litigios se alarguen durante años y los casos se desperdiguen por distintos tribunales del mundo donde son susceptibles de juzgarse según la ley de cada país, el nuevo Gobierno alemán, liderado por Olaf Scholz, anunció antes de tomar posesión que se crearía una corte central para juzgar los casos de restitución del arte expoliado por los nazis. Su objetivo, según anunció el Ejecutivo de coalición, es eliminar cualquier traba burocrática y mejorar la comisión que hasta ahora recibe las reclamaciones relacionadas con las obras que están en colecciones públicas, como puede ser el caso del Thyssen o el Museo de Filadelfia.

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'Mujer sentada', de Henri Matisse, una de las obras confiscadas a Cornelius Gurlitt, fue restituida a sus dueños en 2015.
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‘Mujer sentada’, de Henri Matisse, una de las obras confiscadas a Cornelius Gurlitt, fue restituida a sus dueños en 2015.
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El Gobierno alemán pretende de esta manera tratar de solucionar las cientos de demandas que recibe sobre este tipo de obras y que se incrementaron a partir de 2013 con el conocido caso Gurlitt. En 2010, en un control aduanero en un tren, la policía bávara interrogó a un hombre que viajaba con más de 10.000 euros en metálico en el bolsillo. Se llamaba Cornelius Gurlitt y lo que parecía una investigación por posible fraude fiscal se convirtió en una de las mayores operaciones contra el arte robado por los nazis.

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En su apartamento aparecieron 1.258 obras de finales del XIX y del XX. Cifra a la que se sumaron 200 obras más que guardaba en otro apartamento de Salzburgo y que salieron a la luz en años posteriores. Gurlitt tenía obras de Pissarro, Cézanne, Monet, Otto Dix… y como se supo después, la mayor parte provenían del expolio y el saqueo. Muy pocas han sido restituidas hasta la fecha.

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‘Caso Gurlitt’: un enigma alemán

Persiste el misterio sobre el paradero del octogenario marchante alemán Cornelius Gurlitt, que ocultó durante décadas 1.500 obras, algunas desconocidas

Múnich – 
 
 
 
Soldados estadounidenses rescatan en 1945 del castillo Neunschwanstein de Fussen (Alemania) tres valiosos cuadros de colecciones expoliadas por los nazis.
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Soldados estadounidenses rescatan en 1945 del castillo Neunschwanstein de Fussen (Alemania) tres valiosos cuadros de colecciones expoliadas por los nazis. BETTMAN / CORBIS
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No consta si el octogenario Cornelius Gurlitt había leído los cuentos del detective Dupin cuando decidió, hace medio siglo, que la mejor protección para su tremendo tesoro artístico sería dejarlo en un piso normal y corriente, al alcance posible de visitantes inoportunos o cacos de medio pelo . La incriminatoria carta robada del cuento de Poe escapó a la policía porque estaba a la vista de todos, como una carta cualquiera.

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La colección de arte de Gurlitt pasó más de 50 años perfectamente camuflada en la insignificancia, tras una puerta sin particulares sistemas de blindaje o alarma y una placa metálica con el apellido de un propietario en el que nadie reparaba. Su edificio en el barrio muniqués de Schwabing muestra la sobriedad elegante propia de los mejores años 50 alemanes, pero aunque no cabe dudar de la vecina del sexto cuando la proclama “una casa decente”, nada en el 1 de la Artur-Kutscher-Platz sugiere que el anciano del quinto ocultó allí, durante décadas, 1.500 obras de artistas de primera fila, entre ellas algunas piezas desconocidas hasta hoy.

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'La dama sentada', pintura de Henri Matisse hasta ahora desconocida, en manos de Cornelius Gurlitt.
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‘La dama sentada’, pintura de Henri Matisse hasta ahora desconocida, en manos de Cornelius Gurlitt.
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El misterio que rodea el caso persiste desde hace una semana. Una foto de Hitler y la fabulosa suma de “más de mil millones de euros” abrieron entonces boca en el semanario Focus a la novelesca historia de una colección perdida con obras de Picasso, Matisse, Beckmann, Macke o Durero de la que nadie supo hasta 2010. Unos funcionarios de aduanas sospecharon en ese año de un anciano que llevaba 9.000 euros encima al regresar desde Zúrich a la capital bávara. Investigaron durante dos años y, en febrero de 2012, obtuvieron una orden judicial que les dio acceso al piso de Cornelius Gurlitt.

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Hildebrand Gurlitt, su padre, había sido uno de los pocos marchantes elegidos por los nazis para vender las piezas de arte degenerado que hicieron retirar de los museos y galerías públicas. También hacía negocios con familias judías que tuvieron que dejar Europa. La Fiscalía sospecha que una colección guardada de aquél modo en un piso particular podría estar compuesta de obras robadas a familias judías durante la dictadura de Hitler.

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El propio Hildebrand sufrió represalias por su parcial ascendencia judía y por su proximidad a las vanguardias artísticas, pero colaboró con el régimen traficando con las piezas degeneradas por una comisión de al menos el 5%. Los Aliados lo sabían cuando lo detuvieron en 1945 en el castillo de Aschbach, al norte de Baviera, donde había escapado huyendo del Ejército Rojo proveniente de su ciudad natal Dresde.

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El propio Hildebrand sufrió represalias por su ascendencia judía

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Los especialistas estadounidenses en preservar el patrimonio artístico europeo durante la II Guerra Mundial, conocidos como monument men, le requisaron 163 piezas. Se presentó como una víctima y explicó que tuvo que trabajar para los nazis tras perder su negocio en los bombardeos aliados. Logró que le devolvieran su colección en 1950. En la documentación que queda en Washington sobre aquellas obras requisadas y devueltas figuran algunas halladas ahora en el piso de su hijo. Entre ellas, un autorretrato de Otto Dix que la Fiscalía de Augsburgo presentó el martes como una obra de arte desconocida hasta ahora. El garrafal error demuestra cómo Baviera se ha negado a colaborar con expertos internacionales para resolver el misterio de Gurlitt.

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Hildebrand murió en un accidente en 1956. Su madre declaró a las autoridades alemanas que habían perdido los cuadros y los archivos familiares durante los masivos bombardeos aliados de Dresde. Pero todo indica que ella y su hijo Cornelius vivieron de lo que sacaban de aquella colección supuestamente calcinada. A él no se le conoce otra ocupación que cuidar las piezas heredadas y sacarlas a la venta con cuentagotas.

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Cuando dieron con ellas en 2012, las autoridades acusaron a Cornelius Gurlitt de apropiación indebida y de evasión fiscal y, tras informar al Gobierno de Angela Merkel, encargaron una investigación a la experta berlinesa en arte degenerado Meike Hoffmann. No se informó a las asociaciones de supervivientes del Holocausto ni a las organizaciones que representan a las víctimas de los nazis. Los fiscales aspiraban a que nadie se enterase del asunto. Lo lograron durante un año y medio.

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“Lo contrario, como se está viendo ahora, es contraproducente para la investigación”, dice al teléfono el fiscal de Augsburgo Matthias Nickolai. Es ostensible la irritación entre los funcionarios que llevan el caso. El hallazgo causó sensación en todo el mundo y provocó un aluvión de críticas y de reclamaciones. La presión, mediática y política, crece a diario incluso proveniente de Estados Unidos, adonde escaparon muchas familias judías huyendo de los nazis. También Berlín pidió a las autoridades bávaras que aceleren el proceso de identificación.

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La experta Hoffmann investiga 500 de las 1.400 piezas halladas. Desbordada por la atención, responde a los correos con un texto automático de disculpa.

Asombra que ni ella ni la Fiscalía preparasen una estrategia de comunicación por si el asunto salía a la luz. Ahora se limitan a pedir tiempo, el mismo que podría faltarles a los supervivientes de la rapiña nazi con posibilidades de recuperar obras perdidas. Se niegan los fiscales a publicar una lista completa con imágenes en Internet. La capacidad de autocrítica no es la primera virtud de la implacable máquina funcionarial alemana. Dice el fiscal Nickloai que no saben dónde está el sospechoso, pero sostiene que “la Fiscalía siempre ha sido capaz de encontrarle”.

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Gurlitt tiene una casa en un barrio patricio de Salzburgo, en Austria, donde no lo han visto desde hace tiempo. También ha contado con otro piso en el barrio de Schwabing. Hace dos años invitó allí a expertos de la galería de Lempertz, de Colonia, para mostrarles el último de los cuadros que vendió para vivir. Se trata de un gouache de Max Beckmann titulado El domador de leones. Karl-Sax Feddersen, asociado de Lempertz explica que “ese piso estaba limpio y bien amueblado”.

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La vivienda del tesoro se ve, en cambio, desordenada y mal ventilada, con cartones de zumo de uva y otros embalajes apilados hasta un vestíbulo oscuro que huele a cerrado. Gurlitt dijo a los galeristas que los recibía en la casa de su recién fallecida madre. Ella vivió en la misma dirección donde se han encontrado los cuadros. Posiblemente, en la vivienda contigua del mismo edificio.

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El flemático Feddersen se entusiasma levemente con el beckmann que vendieron para Gurlitt: “De lo mejor que hemos tenido en la casa”. El coleccionista compartió los beneficios con la familia de Alfred Flechtheim, galerista judío que tuvo que malbaratar o abandonar muchas piezas cuando escapó de Alemania en 1933.

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El hijo del marchante Hildebrand “sabía lo que tenía”, pero no mostró apego sentimental hacia la obra, que llegó “ligeramente dañada y sucia”. No les ofreció más obras ni mencionó el resto de su colección. El anciano vestía correctamente, con traje y se mostró reservado y cortés. Los mismo creen recordar de él los vecinos de su piso en Schwabing. Tal destreza adquirió Gurlitt en pasar desapercibido que hoy, tras una semana copando portadas y noticieros de todo el mundo, nadie sabe siquiera si sigue vivo.

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