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Juan Infante: «Mi padre era de la Democracia Cristiana y yo del PCE, pero compartíamos despacho»

Isidro Infante abrió su primer bufete en Bilbao en 1940 y, desde entonces, tres generaciones de su familia han ejercido la abogacía en él con distintos grados de implicación política

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El escritor, abogado y expolítico Juan Infante junto a su hijo Ibon, abogado penalista, en el despacho familiar
El escritor, abogado y expolítico Juan Infante junto a su hijo Ibon, abogado penalista, en el despacho familiar. (YVONNE ITURGAIZ)
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El bufete de los Infante es un despacho «con solera».

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En la oficina de la calle Elcano, los «Aranzadi» conviven con cientos de ejemplares de novela negra que han terminado por desbordar las estanterías y se acumulan sobre mesas, rincones y muebles auxiliares.

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El despacho abrió en 1940 y, desde entonces, tres generaciones de la misma familia lo han habitado.

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Primero el abuelo, Isidro. Después el padre, Juan Infante, ex político, abogado y escritor. Y ahora los hijos, Joana e Ibon, el mayor.

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Todos acabaron dedicándose a la abogacía. No por imposición o recomendación familiar, sino por una continuidad casi natural.

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Su primera oficina estuvo en Gran Vía 4, el edificio en donde hoy se levanta el Hotel Radisson. Años después se trasladaron a Marqués del Puerto y, de ahí, a su ubicación actual.

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Entre una mudanza y otra, esta familia de abogados ha sido testigo de la evolución del país, pasando por el franquismo, la Transición, el terrorismo de ETA, la transformación del Bilbao industrial; y de la propia manera de ejercer el Derecho, sobre todo a raíz de la digitalización de la justicia. Lo que apenas ha cambiado, dicen, es la lógica íntima del oficio.

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«El cliente sigue viniendo a contarte su problema y espera que se lo resuelvas», resume Juan Infante, quien cuenta que su padre trabajó como abogado durante la dictadura y participó en el llamado ‘Contubernio de Múnich’ —reunión de opositores a Franco celebrada en 1962—, lo que le obligó a exiliarse en París.

Derecho y política

De vuela en España, en 1977, Isidro Infante se presentaba a las primeras elecciones por la Democracia Cristiana mientras su hijo militaba en el Partido Comunista de Euskadi (PCE-EPK).

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«En aquellos años nos unía más el antifranquismo que la ideología», recuerda hoy Juan Infante sentado junto a su primogénito Ibon, que ha decidido seguir los pasos de su padre y de su abuelo.

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La conversación entre ambos deja ver dos maneras muy distintas de entender la relación entre el derecho y la política. La generación de Juan empezó a ejercer la abogacía en una época en la que ambos caminaban de la mano.

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Especialmente en Euskadi, donde muchos despachos de abogados funcionaban también como espacios de mediación informal, pactos discretos y conversaciones cruzadas, indispensables en un país que trataba de reconstruirse institucionalmente tras la dictadura.

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«En la Transición estaba todo por hacer y había un intento sincero de construir un país nuevo», recuerda. Su paso a Euskadiko Ezkerra se produjo ya en ese contexto de articulación alrededor de EIA y de sectores de la izquierda vasca no nacionalista, llegando a ser su representante en el Parlamento Vasco en 1981.

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Uno de los momentos centrales de su trayectoria como abogado llegó precisamente en aquellos años, cuando participó en el proceso de reinserción de alrededor de 150 miembros de ETA político-militar.

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Él mismo presentó el caso ante la Audiencia Nacional tras la disolución de la organización armada y lo recuerda como un trabajo complejo, en una sociedad todavía atravesada por el miedo y la violencia.

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«Tengo la satisfacción de que ninguno de ellos volvió a reincidir, ni en delitos de terrorismo ni en ningún otro.

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Todos se fueron a sus casas, pagaron sus fianzas y asumieron las responsabilidades judiciales que les correspondían», celebra. Sin embargo, habla también de aquella operación como de un éxito incompleto.

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«Pensábamos que podía servir de ejemplo, pero no cundió. El terrorismo siguió funcionando y después vinieron veinte años desastrosos», señala.

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Dos décadas que dejaron pérdidas humanas irreemplazables y una sociedad profundamente fracturada y tensionada.

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Juan recuerda especialmente a Juan Mari Jáuregui, José Luis López de Lacalle o Enrique Casas, personas a quienes conocía y estimaba.

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«Eso afectaba a la forma de vivir, de pensar y de ejercer la política», admite. Aunque en su caso reconoce que nunca llegó a sentirse directamente amenazado, como para tener que mirar en los bajos del coche.

Fin de ETA

Ese escenario ha cambiado desde el cese de la actividad armada de ETA, en 2011,.

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«Hoy puede discutirse técnicamente la concesión de determinados beneficios penitenciarios, pero eso pertenece ya más al terreno jurídico o al pacto político que a la dramática situación que vivimos entonces», subraya.

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Echando la vista atrás, este veterano abogado y activista observa sin embargo con preocupación el deterioro que ha sufrido el clima político.

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«En los ochenta, con el terrorismo aún activo, era habitual tener buena relación con todos los partidos.

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Mi padre era de Democracia Cristiana y yo del PCE, pero trabajábamos juntos. Antes hacíamos política por idealismo; desde que esta se ha profesionalizado solo hay crispación», lamenta.

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Alejado ya hace muchos años de ella, aunque todavía vinculado al despacho familiar donde atiende aún algunos casos, Juan Infante ha encontrado en la novela negra una segunda vida profesional.

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Lleva publicados diez libros y once relatos, casi todos protagonizados por Garrincha, el ‘gánster de Olabeaga’. El peso del bufete recae ahora sobre su hijo Ibon, representante de una generación más pragmática, desideologizada y políticamente descreída.

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«Votamos un poco por descarte», admite este penalista bilbaíno de 50 años, el primero en lograr en Vizcaya la rebaja de una condena tras la aprobación de la ley del «solo sí es sí».

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Padre e hijo coinciden en que muchos debates jurídicos actuales terminan convertidos en trincheras ideológicas donde el ruido político eclipsa el análisis técnico.

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«La sociedad percibió una liberación masiva que en realidad no existió», sostienen sobre la controversia generada al respecto de la misma. También comparten una visión poco idealizada de la profesión a la que ambos se dedican con idéntica pasión, pero con diferentes niveles de entrega.

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«Mi padre viene de una cultura en la que se trabajaba de sol a sol, incluidos los fines de semana. Yo eso no lo concibo», reconoce Ibon, cuya rutina diaria de trabajo, mucho más racional, incluye media hora de ejercicio al mediodía que le sirve como válvula de escape.

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Ambos describen la situación actual de la abogacía como la de un oficio marcado por la incertidumbre, la competencia feroz y las penurias propias del autónomo que trabaja sin derecho a baja ni a una jubilación garantizada. «Los abogados vivimos del que toca el timbre. Esto es la jungla», remata Juan.

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