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El harrijasotzaile alavés que ha levantado una trilogía de fantasía urbana

Ibon Abad está detrás de tres novelas de brujas y criaturas ambientadas en las capitales vascas

 

Jueves, 11 de diciembre 2025

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A Ibon Abad (Bilbao, 1990) se le intuye un carácter inquieto a los pocos minutos de conversación. Lo confirma la manera en la que habla de sus pasiones y proyectos. Además de escribir, es bombero interino –se prepara la oposición– y harrijasotzaile. Aún arrastra la «resaca emocional» de su paso por la Azoka de Durango, donde ha presentado ‘El laberinto de Bilbao’, novela con la que cierra su trilogía de fantasía urbana. Ambientada en 2025, llega después de ‘El akelarre de San Sebastián’ (2021) y ‘Los juegos de la Sangre en Vitoria’ (2023).

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«Iba con un perfil bajo porque no soy muy conocido y no pensaba llegar ni a un tercio de lo que he vendido», admite Abad, alavés criado en Izarra, sobre su cuarta visita a la gran feria editorial vasca, donde ha tenido contacto directo con sus primeros lectores. «Hubo un chaval que lo compró y la madre me escribió para decirme: que sepas que no ha pegado ojo en toda la noche para leérselo», comenta como anécdota de la buena acogida a una nueva entrega que se despliega en un Bilbao reconocible –Doña Casilda, el Guggenheim…– pero transformado por una «masa boscosa» y por un laberinto que atraviesa su universo literario, poblado de criaturas que beben de leyendas.

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También reaparecen escenarios como la plaza de la Virgen Blanca o los Fueros de Vitoria, ciudad que en su segunda novela era ya casi una protagonista más.

 

El subgénero de la ‘urban fantasy’, fantasía que se desarrolla en las urbes, vive un momento de gran tirón entre los lectores jóvenes. Sin embargo, apenas hay voces vascas. «No conozco a muchos, pero es difícil de decir, porque con la autopublicación hay muchos más autores que hace unos años. No quiero hacer de menos a nadie», matiza Abad, que este año también ha publicado la novela corta ‘El abuelo samurái’, con la que recaudó fondos para Afaraba, la asociación alavesa del Alzheimer y otras demencias.

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Aunque su afición por la literatura le viene de lejos y se reconoce parte de esa generación que hacía cola en las librerías para cada libro de ‘Harry Potter’ y gran seguidor de ‘El Señor de los Anillos’, su entrada en el circuito literario bebe sobre todo de los paseos que hacía como conductor durante una temporada en los autobuses urbanos de Donostia, donde descubrió «esa parte más oscura de la ciudad» en los trayectos nocturnos, una mirada que impregnó ‘El akelarre’.

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La escritura para él es un refugio. «Pasé un periodo un poco duro de mi vida. Tuve un bajón que fue un antes y un después, y me empujó a contar historias», recuerda al volver a 2018, cuando empezó a plasmar historias de manera más concienzuda. «Empecé a escribir cuando tenía unos 20 años, pero siempre borraba lo que hacía porque pensaba que era algo reservado a los grandes», comenta.

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La labor de documentación, corrección y diálogo con ilustradores o editores son cosas que disfruta y agradece el «impulso» de la editorial alavesa Uzanza, dirigida por María Santórum, para publicar sus textos.

Literatura y deporte vasco

Tras la trilogía, ya piensa en nuevos proyectos. «Ahora tengo una sensación de especie de vacío, pero satisfactorio, y no puedo evitar pensar en la siguiente historia», apunta. ¿Seguirá habiendo brujas, vampiros y diferentes criaturas? Lo más seguro, avanza, es que haya un giro de género y se pruebe en la novela negra.

 

Aparte de escribir, Abad impulsa el levantamiento de piedra como deporte en Álava. «Una vez que se jubiló mi entrenador, tuve la idea de coger el relevo y promocionar el deporte. Estamos consiguiendo buenos resultados y cada vez nos conocen más a nivel de Euskadi», afirma sobre los entrenamientos que dirige en el barrio de Arana. «Es un deporte que también me inspira mucho para escribir historias».

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Esa forma en la que distintas pasiones se retroalimentan tiene también una dimensión íntima. Cuando se le pregunta por esa inquietud por las letras y el deporte, reflexiona. «Soy una persona que tiende mucho a la melancolía o a la depresión. Y mi manera de combatirlo es tener disciplina para intentar conseguir algo: sacar adelante un equipo o meterme en otros mundos con la literatura. Me ayuda a somatizar esa tristeza».

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